El comité Nobel que elegía a los laureados era notoriamente conservador y reacio a conceder el premio por la relatividad porque la teoría aún era discutida y le faltaba la suficiente confirmación experimental.

 

Einstein había sido finalista por primera vez en 1910, y su nombre había sido propuesto desde entonces todos los años excepto dos. De hecho, en 1918 tanto él como su mujer Mileva estaban convencidos de su éxito, pero volvieron a rechazarle injustamente.

 

El resultado fue que Einstein no recibió su premio hasta 1922. Incluso entonces, no le fue otorgado en reconocimiento de sus trabajos sobre la relatividad. Irónicamente fue honrado por su trabajo sobre el efecto fotoeléctrico, teoría cuyas implicaciones le inquietaron durante el resto de su vida.

 

La fama

 

Antes de 1919 Einstein era un perfecto desconocido, pero a partir de esa fecha, se convirtió en la primera “superestrella” de las ciencias. Su fama se debió sobre todo a los titulares de los periódicos de Inglaterra y Norteamérica.

 

Los resultados causaron sensación cuando fueron anunciados en Londres en las salas de la Sociedad Real, cuyo presidente proclamó que la relatividad era posiblemente el más trascendental producto del pensamiento humano. La relatividad se convirtió en una sensación pública. De pronto, los misterios de los cielos parecían resueltos.

 

Una vez que la historia salió a la luz, los reporteros se apresuraron en buscar al hombre que había detrás. En lugar de un gris académico estereotipado se toparon con un excéntrico con los pelos revueltos dotado de un encanto atrabiliario y un burlón sentido del humor: Einstein era una mina de oro para los periódicos.

 

Se constituyó como el sabio de los medios de comunicación que le cortejaban por todo el mundo. Se  puso su nombre a bebés, cigarros, telescopios, torres… El público veía a Einstein no solo como el matemático más grande, sino como un estadista, un filósofo, un oráculo y un símbolo. Intentaban comunicarse con él por teléfono a cualquier hora del día o de la noche, le inundaban de cartas y le buscaban en persona, llegando al Instituto en autobús, tren, automóvil y avión.

 

Nuevos retos

 

Tras la Guerra Mundial, Einstein se dedicó a la búsqueda de la llamada Teoría Unificada de los campos, una serie de ecuaciones que casarían las leyes de la gravedad y el electromagnetismo. Se creía que estas eran las dos fuerzas fundamentales en la naturaleza, por tanto, una teoría que explicara las dos resolvería los enigmas naturales.

 

En 1922 escribió su primer trabajo sobre la materia. Siguieron años de trabajo, pero el instituto científico de Einstein ya no era tan fuerte como había sido antes. También pasó por alto las nuevas pruebas de que la gravedad y el electromagnetismo después de todo no eran las únicas fuerzas de la naturaleza.

 

Al acercarse al cincuenta cumpleaños, en 1929 circularon rumores de que Einstein estaba a punto de hacer un gran descubrimiento. El público exigió detalles, y cuando apareció su último trabajo fue publicado por completo por el “New York Herald Tribune”. Todo esto era un tributo al poder del nombre de Einstein, pero de hecho las treinta y tres ecuaciones del trabajo no significaban nada para los profanos y resolvían solo unos pocos problemas preliminares de una terrible complejidad técnica.

 

En la década de 1930, Einstein siguió buscando la unificación con su ayudante Walter Meyer y después con Peter Bergmann y Valentin Bargmann. Einstein luchó con todas sus fuerzas contra esa falta de certidumbre, es decir, contra la física cuántica, “Dios no juega a los dados” fue su famosa y aguda réplica, y mantuvo un largo debate con el experto cuántico danés Niels Bohr.

 

A medida que su dominio de la ciencia menguaba, Einstein encontraba distracción en la vida pública y en su arraigada pasión por la política idealista. El auge del antisemitismo le llevó a defender el sionismo, el movimiento para conseguir una patria judía. Einstein también  dio su apoyo al régimen comunista de Moscú y ayudó a crear una organización que se hizo llamar Asociación de Amigos de la Nueva Rusia.

 

Su trabajo perdía cada vez más el contacto con la investigación actual. Sus puntos de vista, sobre todo su obstinada oposición a la teoría cuántica, le había llevado de ser un individuo creativo que se adelantó a su tiempo a ser un solitario dedicado a los aspectos marginales de la ciencia.

 

Einstein esbozó sus ideas de la unificación en un nuevo apéndice para la tercera edición de su libro “El significado de la relatividad”, de 1949. Se convirtió en un acontecimiento mundial de los medios de comunicación, principalmente por la coincidencia con su setenta cumpleaños. “Es una imbecilidad presentar algo así al público, aparte de que solo una pequeña minoría lo comprenderá”, le dijo a su hijo.

 

 

Sexo opuesto

 

Su relación con las mujeres fue bastante peculiar. Se casó dos veces, murió soltero y fue considerado como un auténtico mujeriego.

 

Según algunos que le conocían, a Einstein le chiflaban las mujeres, y (parece ser) cuanto más vulgares, sudorosas y malolientes mejor. La belleza física nunca le importó. Una vez dijo a un conocido que la visión de una bonita jovencita le entristecía ya que le recordaba el breve tiempo que los seres humanos estamos en la tierra.

 

 

Toda la información de este documento ha sido elaborada a partir de biografías publicadas de Albert Einstein. Los textos más importantes han sido sacados de la biografía de Einstein elaborada por  los periodistas Roger Highfield y Paul Carter.

 

 

 

JUAN ANTONIO DE BLAS.

Profesor y especialista del área sanitaria.

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