En anteriores artículos hemos tratado otros aspectos referidos a la adolescencia. Pero, en este caso, la temática de este escrito es de naturaleza muy diferente.

Tras casi un año de pandemia mundial y los efectos de la COVID-19, no vemos que haya cambiado prácticamente nada. Continúan los contagios, la saturación de los hospitales y, por desgracia, los fallecimientos.  Además, a esta lamentable situación, hay que añadir que seguimos sin poder reunirnos con familiares y amigos como lo hacíamos antes porque debemos evitar los contactos y, cuando lo hacemos, tenemos que llevar a cabo las medidas sanitarias obligatorias como el uso de la mascarilla y la distancia social.

Está demostrado que esta situación provoca tensión, estrés e incertidumbre a las personas adultas, pero ¿sabemos realmente cómo está afectando a los menores? Las continuas restricciones adoptadas por el Gobierno para intentar frenar la expansión del virus también hacen mella en la salud mental de los niños y adolescentes. Atendiendo a las declaraciones de la psicóloga General Sanitaria María Luz Cañadas, debemos resaltar la existencia de un aumento de menores que padecen cuadros de ansiedad o depresión y las graves consecuencias negativas que esto les supondrá en el futuro.

Además, no podemos olvidar los efectos de esta situación en el ámbito educativo. Los menores deben realizar con éxito un curso académico cuyo desarrollo no está muy claro y esto puede afectar a su rendimiento escolar y personal, lo cual refuerza la aparición de los problemas anteriormente citados.

La psicóloga especializada en niños, adolescentes y habilitación sanitaria, Josselyn Sevilla, manifiesta lo siguiente respecto a los adolescentes:

“Si la ansiedad se produce por el miedo al contagio y situaciones relacionadas con el coronavirus, es probable que su forma de protegerse y proteger a los demás sea mediante el cuidado, pero al contrario que los más pequeños, ese cuidado suele venir acompañado de enfado e irritabilidad. También derivado del progresivo desarrollo de la ansiedad, la evitación de situaciones sociales o peligrosas puede asociarse con un progresivo aislamiento o desarrollo de manías”.

Los adultos de la familia y los profesionales de la educación tenemos que realizar todas las medidas sanitarias propuestas por la Administración y Salud Pública (lavado de manos, uso de gel hidroalcohólico, uso de mascarilla, distanciamiento social, etc.) de la manera más natural posible e incorporarlas como acciones rutinarias del día a día, sin que vayan a acompañadas de miedo y temor a la situación que nos está tocando vivir.

Esto no significa que no tengamos preocupaciones e incluso miedos, pero lo que se debe hacer es trabajarlos y gestionarlos cuando los menores no estén presentes. Además, la psicóloga J. Sevilla nos recomienda no gritar, ni ponernos nerviosos cuando queramos dar pautas o avisos a los menores con respecto a este tema, ya que solo conseguiremos crear en ellos una sensación de alarma y preocupación excesiva que no ayudará al equilibrio emocional que buscamos preservar en los niños y adolescentes.